domingo, 21 de mayo de 2017

IA-58 Pucará en Malvinas : encuentro con el enemigo


IA-58 Pucará en Malvinas : encuentro con el enemigo  - 21 de mayo de 1982

El 21 de mayo, temprano por la mañana, los integrantes de las escuadrillas del Grupo 3 de Ataque compuesta por aviones IA-58 Pucará, se hallaban listos para despegar desde la rudimentaria pista de tierra de Prado del Ganso. Su misión: buscar y derribar helicópteros enemigos y atacar un puesto de observación en Lafonia desde donde tropas infiltradas orientaban a la artillería naval y el fuego aéreo.

Cuatro aviones armados con cohetes FFAR 2,75 aguardaban la orden de despegue en la pista, el matrícula A-531 el mando del capitán Jorge Benítez, el A-509 al del teniente Néstor Brest, el A-533 con el teniente Juan Micheloud en los comandos, y el A-511 del mayor Carlos A. Tomba, quienes partirían en dos secciones (Benítez/Brest, Tomba/Micheloud), bajo el indicativo “Tigre”.

El día anterior el capitán Ricardo A. Grunert y el teniente Horacio R. A. Calderón habían efectuado un vuelo de reconocimiento ofensivo bajo el indicativo “Grito” y el 19, otros seis aparatos habían hecho lo propio en misión similar bajo la designación “Patria”.

Lo cierto es que hasta ese día, muy poco habían hecho los Pucará contra el enemigo, salvo vuelos de observación y patrulla o traslados de un aeródromo a otro para evitar ser alcanzados por el fuego británico.

Tras el ataque comando a la isla Borbón, el escuadrón había quedado sensiblemente reducido y afectado y por esa razón, el alto mando argentino dispuso el envío desde el continente, de otros cuatro aparatos, para reforzarlo. Los aviones cruzaron desde Santa Cruz a las 14.43 (17.43Z), bajo el indicativo “Poker”, al mando del vicecomodoro Saúl Costa (que llevaba instrucciones de asistir a Pedrozo), con el teniente Gustavo Lema, el primer teniente Juan L. Micheloud y el alférez Carlos Díaz completando la formación.


Guiados por un Mitsubishi MU-2B 60 que se desplazaba a unos 10.000 metros de altura, llegaron a las islas a vuelo rasante y aterrizaron directamente en Prado del Ganso, sin hacer escala en la capital. Previamente, se había dispuesto el traspaso a Puerto Argentino de los tenientes Roberto Címbaro, Eduardo Mario Tuñez y Abelardo Félix Alzogaray que hasta ese momento se habían desempeñado como oficiales de Control Aéreo Adelantado, una unidad subordinada al Componente Aéreo del Teatro de Operaciones Malvinas.

Por decisión del jefe del escuadrón, mayor Miguel Manuel Navarro, se transfirieron a Puerto Argentino cuatro Pucará porque, según creía, la Base Aérea “Cóndor” (Darwin/Prado del Ganso) era tan vulnerable como su par de la isla Borbón y desde su punto de vista, la capital ofrecía mayores seguridades.


La escuadrilla “Tigre” aguardaba en la pista para despegar, los aviones partieron uno tras otro, con el capitán Benítez en primer lugar (08.30). En ese preciso momento, el HMS “Ardent” iniciaba el bombardeo sobre el sector, lo que impidió la salida de Brest, que en el apresuramiento, hundió una de sus ruedas en un pozo y se clavó de nariz, demorando la partida de la segunda sección.

Sacarlo de aquella trampa y correrlo de la pista llevó un buen tiempo pero finalmente, Micheloud y Tomba pudieron decolar.

El capitán Benítez se dirigió directamente hacia el cerro Bombilla y desde allí hasta el pico Alberdi, próximo a San Carlos, altura que sobrepasó efectuando un rodeo por su lado izquierdo.
Voló por aproximadamente una hora sin encontrar nada pero al girar hacia el oeste, vio el despliegue enemigo en la gran bahía y tropas que avanzaban desde las playas hacia el interior, por lo que, sin pensarlo dos veces, seleccionó un blanco y se lanzó al ataque.

En plena corrida de tiro, efectivos del Escuadrón D del Regimiento 22 del SAS le dispararon dos misiles FIM-92A Stinger que impactaron en su fuselaje. El piloto se dio cuenta que los mandos no le respondían y que el avión comenzaba a caer en tirabuzón al tiempo que desprendía una columna de humo de su motor derecho por lo que a los 300 pies de altura se eyectó.

Su paracaídas se abrió cuando el Pucará caía en picada y mientras descendía lo vio estrellarse en Flat Shantly.

Ignorando lo que acababa de suceder con Benítez, Micheloud y Tomba volaban hacia el cerro Bombilla donde esperaban detectar helicópteros enemigos y tal vez, tropas. Sin embargo, al no encontrar nada, viraron hacia el oeste, y se dirigieron a San Carlos donde el despliegue enemigo se presentó ante ellos en toda su dimensión.

Los pilotos recibieron fuego de ametralladoras y dos misiles que les pasaron cerca, pero siguieron adelante intentando ubicar a las tropas que los atacaban. Mientras lo hacía, se les ordenó desde Prado del Ganso dirigirse hacia el segundo objetivo: el puesto de observación que (con mucha certeza) estaba dirigiendo el fuego naval.

Los pilotos viraron y se lanzaron hacia Lafonia, volando a baja altura en dirección noroeste/sudeste mientras alistaban el armamento. Media hora después alcanzaron Drone Hill, 10 millas al sudeste de Puerto Darwin, donde a lo lejos divisaron una típica casa kelper de dos plantas, techos rojos y paredes de madera.

Micheloud y Tomba apuntaron y dispararon al mismo tiempo. Los misiles salieron como saetas de sus coheteras LAU-68 subalares y un segundo después dieron en el blanco. El edificio estalló envuelto en llamas y una densa columna de humo negro comenzó a elevarse desde sus ruinas.

Los aviones pasaron sobre los restos humeantes de la vivienda y enseguida informaron a la base los resultados del ataque.


Se les ordenó volar hacia el sudoeste para hacer reconocimiento de lo que parecía ser otro puesto de observación y en caso de detectarlo, proceder a su destrucción y hacia allí enfilaron cuando el HMS “Brilliant” los detectó y envió en su persecución a la patrulla de Sea Harrier del Escuadrón 801 formada por los capitanes de corbeta Alidair Craig y Nigel David "Sharkey" Ward, quién se haría tristemente famoso por el El Derribo del Hércules TC-63.

Los argentinos volaban hacia el oeste cuando se percataron de la presencia de la PAC.
Intentaron evadirla efectuando un brusco giro de 90º y trataron de pegarse al suelo para evitar los disparos pero los versátiles cazas británicos ganaron altura y volvieron a lanzarse sobre ellos, disparando en primer término contra Micheloud.

Hostigado de cerca por Craig, el aviador argentino perdió contacto con su compañero cuando se internaba en un profundo cañadón que le permitió desprenderse de su perseguidor. El inglés tuvo que hacer un brusco movimiento para no estrellarse contra los riscos y de ese modo los esquivó, pasando por encima de ellos.


Mientras tanto, Ward iba detrás de Tomba que se retiraba hacia el norte pegado al suelo.
El británico le disparó una primera ráfaga de 30 mm que alcanzó al Pucará en varios sectores de su fuselaje, pero su increíble poder de absorción le permitió seguir volando al tiempo que efectuaba maniobras evasivas.

Ward, sorprendido, volvió a disparar impactando a Tomba por segunda vez. Estaba seguro que con esa nueva descarga su enemigo se iba a eyectar pero para su asombro, vio que persistía en su intento de preservar el avión.

“Que singular personaje” pensó admirado mientras lo seguía. Volvió a oprimir el disparador y una vez más sus cañones ADEN alcanzaron al biplaza perforándole los motores y el tanque de combustible. Al piloto inglés, aquella escena surrealista la pareció extraída una de las tantas películas de la Segunda Guerra Mundial que había visto, más, cuando el tozudo aviador argentino seguía aferrándose a los mandos.

Recién cuando su avión comenzó a incendiarse, después de una cuarta ráfaga, Tomba comprendió que no había más nada que hacer e imposibilitado de preservar su avión, tiró la palanca de su asiento y a solo cinco metros del suelo, se eyectó.


"Vimos tres fragatas y nos empezaron a tirar. Ahí, el piloto de otro Pucará me dice: ¡guarda, los Harrier! Miro hacia arriba y veo dos encima nuestro. Estábamos a 30 ó 50 metros del suelo. 

Comenzamos a desplegar maniobras defensivas con círculos muy cerrados para no entrar en zona final de tiro y siento una vibración. Noto que el plano (ala) izquierdo está desflorado. Trato de pegarme al suelopero un tercer avión, que no vi, me descarga una ráfaga. Se prende fuego un motor, el avión se descontrola y por puro instinto me eyecto".

Mientras caía suspendido de su paracaídas, vio a su Pucará estrellarse a escasos cien metros de su posición y convertirse en una bola de fuego, pero impelido por las circunstancias no tuvo tiempo para lamentarse.

El valiente piloto descendía suavemente cuando los Sea Harrier efectuaban un viraje para sobrevolar los restos calcinados del Pucará y luego se alejaban.

Aterrizaron en el portaaviones cuarenta minutos después y ante las requisitorias de sus superiores, Ward relató lo ocurrido. Muchos años después confesaría que aquel hombre, aferrado a sus comandos, lo había impresionado en extremo. “Eso es lo que yo llamo valor”.En su libro relata sus experiencias de guerra, el piloto inglés apuntó: “Debe ser un sujeto muy bravo porque él (refiriéndose a Tomba) todavía estaba tratando de evadir a nuestros pilotos. Yo estaba maravillado de que el Pucará estuviera todavía volando cuando inicié mi tercer raid. Vi pedazos de fuselaje, del ala, de la cabina. El fuselaje se prendió fuego. Yo cesé de disparar en el último minuto, viré la nariz (del Sea Harrier) y salí del espacio del objetivo. El piloto se había eyectado”.

Ignorante de la admiración que había despertado en su adversario, Tomba tocó tierra y sin perder un segundo, se arrojó al piso y se quedó quieto, esperando que los cazas enemigos se retirasen. Los aparatos pasaron dos veces sobre su cabeza y después se alejaron hacia el noreste, rumbo a su portaaviones. Un silencio agobiante pareció envolver la región, solo quebrado por el ruido del viento.

Confiando en que no hubiese enemigos cerca, Tomba se incorporó y echó a andar hacia Prado del Ganso, un largo trecho de 20 kilómetros plagado de contratiempos y dificultades.

Caminó sobre la turba intentando no sucumbir al frío y al cabo de siete horas llegó a una casa abandonada en medio de la nada. Comenzaba a anochecer y estaba aterido de frío por lo que esas rústicas paredes de madera le debieron parecer el mismísimo paraíso.

Con mucha cautela exploró los alrededores y con mayor cuidado aún, abrió la puerta y se asomó al interior. No había nadie; todo estaba obscuro así que una vez dentro, se sentó y esperó, convencido de que iba a pasar ahí la noche.

Brigadier (re) VGM Carlos Tomba
Fue entonces que se puso a meditar. Pensó en muchas cosas, en la guerra, en su mujer y sus hijos, en el país, en su Mendoza natal, en su bisabuelo italiano Antonio Tomba, fundador de las célebres bodegas que llevan su apellido; en el Club Godoy Cruz del que su familia había sido artífice, en su llegada a Malvinas para solucionar el problema de los contactos electrónicos de los IA-58, en el curso superior que hacía en la Escuela de Guerra. También recordó el momento en que se ofreció como voluntario para pilotear un avión y el rostro de sus superiores cuando lo aceptaron.

Al cabo de una hora dentro de aquella casa campesina, Tomba sintió un ruido e impulsado como un rayo, salió al exterior para ver de qué se trataba. Era un helicóptero por lo que, jugándose el todo por el todo, arrojó una bengala y volvió a ingresar.

"Muerto de frío, anduve unos 20 kilómetros en 7 horas y a eso de las 18 me refugié en una casilla abandonada de pastores de ovejas. Una hora después escuché el zumbido de un helicóptero, tiré una bengala y volví a esconderme, hasta que me rescataron: era un aparato argentino".

Para su fortuna era una aeronave argentina que minutos después se posó en el lugar y lo condujo a Pradera del Ganso. Su odisea, había finalizado, al menos por el momento.

El capitán Benítez, por su parte, había caído cerca del cerro Alberdi. Una vez en tierra, se desprendió de su paracaídas, recogió el equipo de supervivencia y corrió hacia una zanja distante a unos 50 metros en la que se arrojó para ocultarse. Permaneció allí bastante tiempo porque en las cimas de las montañas circundantes, a 1000 metros de distancia, tres británicos observaban con sus binoculares hacia ese sector, estudiando detenidamente los restos del Pucará que se consumían envueltos en llamas.

Finalmente, los ingleses se retiraron y entonces Benítez inició una larga caminata hacia Prado del Ganso en la que vivió todo tipo de peripecias. Cruzó ríos, arroyos y hasta un ruinoso puente sobre un torrente; soportó fríos intensos, vientos y lloviznas, vio pasar helicópteros enemigos y escuchó el lejano eco de los bombardeos. También distinguió aeronaves propias, entre ellas un Chinook y un Bell 212 cuando volaban a la distancia, este último a las 17.30 horas del día siguiente y alcanzó a ver pasar a las escuadrillas de Daggers que atacaron a la flota e incluso, a la sección “Tigre” del mayor Tomba y el teniente Micheloud, que no se percataron de su presencia.

Era de noche cuando llegó al pequeño caserío de Puerto Darwin que en esos momentos se hallaba completamente a obscuras. Por esa razón, prefirió seguir hasta Prado del Ganso donde al llegar, después de dar la correspondiente contraseña e identificarse ante el personal del Regimiento de Infantería 12, se hizo conducir hasta el puesto de comando.

Grande fue su alegría al encontrarse allí con el mayor Tomba, con quien se confundió en un abrazo e intercambió relatos y vivencias. Sus compañeros querían saber muchas cosas y por esa razón, le hicieron infinidad de preguntas y luego lo llevaron al club social del poblado donde se le sirvió alimento. Antes de retirarse a descansar, les relató a sus superiores las experiencias que había vivido.

Aquel día Gran Bretaña y la Argentina sufrieron considerables pérdidas. Según fuentes británicas, los pilotos argentinos habían dado muestras de su tremendo coraje y voluntad de vencer en tanto sus oponentes dejaron de manifiesto su elevado grado de profesionalidad y su determinación al momento de llevar a cabo las misiones.

Inglaterra perdió en aquella jornada una fragata clase 21 (HMS “Ardent”), dos helicópteros Gazelle, entre seis y siete hombres y, probablemente, un Sea Harrier que si no fue abatido, al menos sufrió averías. Además, una segunda fragata había quedado fuera de combate (HMS “Argonaut”) y otras embarcaciones habían sufrido daños de diferente consideración.


La guerra había adquirido proporciones considerables y mantenía al mundo pendiente de ella.

Ese día los británicos dejaron de creer que la campaña iba a ser un simple paseo y tomaron conciencia de su magnitud.

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